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Ballesteros de Diego, Jose Ramón

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José Ramón Ballesteros

"La soledad engendra lo original, lo atrevido y lo extraordinariamente bello; la poesía.. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado" THOMAS MANN. "LA MUERTE EN VENECIA" "…mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesase por la existencia ni por las súplicas de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la oscuridad." H. P. LOVECRAFT. "VIAJES AL OTRO MUNDO" He entrado en ese edificio centenares de veces. Paso por delante de la vacía garita del inexistente portero y el hueco de un tramo de escaleras descendentes, para finalmente detenerme a esperar, tras pulsar el mugriento botón, frente a la puerta de un ascensor vetusto que, infaliblemente, se encuentra en alguno de los pisos superiores; mientras me asalta el olor, atenazando mi garganta. Siempre enciendo un cigarrillo, aun sabiendo que tendré que apagarlo, en cuanto llegue el ascensor, intentando, inútilmente, conjurar el olor. No es algo que me resulte agradable. Aunque forma parte de mi manera de ganarme(¡?!) la vida, la idea de encontrarme -y tener que ponerle buena cara- con una individua, que gira -brusca y continuamente- la cabeza en todas direcciones y agita y cambiaba de sitio papeles, sin parar, exhalando efluvios en los que se mezclan el hedor de uno de esos perfumes intensos, invasores, agresivos, con su olor personal igualmente dulzón y pesado, superpuestos al acre sustrato químico del omnipresente ambientador, mientras me habla, con el simulacro de cejas levantado a la altura de la raíz del pelo, uno de esos pelos reteñidos con un color totalmente inverosímil, y peinados con esos "rizos apelotonados" que, inevitablemente, se identifican, en mi imaginación, con el mocho de las fregonas. Va, además, siempre embadurnada con tal cantidad de mejunjes y pinturas, que me atenaza continuamente el horror de que, en uno de sus convulsos movimientos, se desprenda parte de aquello y acabe salpicándome. Y, para redondear el cuadro, suena con esa voz rasposa, característica de las histéricas, que hace pensar en laringes y cuerdas vocales forradas de lija. Bueno. O con el otro editor. Fulano, éste, indeciblemente fofo, sin ser gordo, con la piel de un blanco cerúleo, cadavérico; cabello "de rata", lacio, ralo, descolorido y pringoso, y ojos de pescado, vacíos, azul desvaído, que nunca miran a ninguna parte, mientras, completamente inmóvil, con la punta de los cortos dedos apoyados en el borde de la mesa, como gusanos al acecho, deja escapar desde el interior de los labios, apenas entreabiertos, violáceos y húmedos, una especie de resoplido acuoso, monocorde, inarticulado, y aburrido hasta la desesperación. Ambos, cada uno a su manera, te agobian con un montón de instrucciones acerca de cómo quieren las ilustraciones. "Instrucciones" incoherentes, contradictorias, carentes de cualquier significado práctico -ni teórico-; pero que les deja totalmente convencidos de que, en realidad, ellos son los únicos y verdaderos autores; y yo, una máquina sin alma, que apenas logra, malamente, plasmar una pequeña parte de su amplia y profunda capacidad creadora, lo que, por otra parte no es tan inesperado, porque, en realidad, la ilustración es sólo una actividad muy menor, algo meramente mecánico, que, naturalmente, no es digna de mayor consideración. Normalmente, cuando salgo de allí, tardo muchas horas, a veces, incluso días, en superar la sensación de asco hacia todo ese orden de cosas, y reencontrar mis propios motivos para dibujar, junto a la incierta esperanza de que, a pesar de todo, haya alguien, en alguna parte, aunque sea uno sólo, para quien, lo que hago, tenga algún sentido. Pero, aquel día, "la individua" tuvo la ocurrencia de terminar su perorata con un "Creo que, esta vez, habrá quedado todo claro". Por alguna razón, en ese momento, las palabras, el tono, lo que fuera, rompió algo en mi interior. Conseguí mantener la cara de póquer, y salir de allí con un "Claro, por supuesto. Trataré de tenerlas antes del plazo. Muchas gracias. Nos vemos". Pero, apenas me encontré en el rellano de la escalera, desee ardientemente poder trasladarme a casa inmediatamente, por un puro acto de la voluntad, y no tener que salir a la calle y cruzarme con más caras, tan vacías y estúpidas, como las que acababa de dejar atrás. Debió ser por eso, que, sin pensarlo y sin objeto, como sonámbulo, al llegar a la planta baja, en lugar de dirigirme, como siempre, hacia la calle, seguí bajando las escaleras del oscuro tramo, a la derecha del ascensor. Tras girar dos veces a la izquierda, los escalones terminaban en un pequeño rellano. Una de las paredes, a mi izquierda, estaba ocupada por una caja de contadores, sobre la cual habían dejado algunas velas, las otras, por dos puertas pintadas de gris. Ambas eran estrechas, pero, mientras la que quedaba a mi derecha tenía una altura normal, la otra apenas me llegaría a los hombros. Empujé la de altura normal. Un estrecho pasillo se abría frente a la puerta y, en ambos lados, a tramos regulares, se podían ver, a la escasa luz que entraba por un ventanuco, situado en el ángulo del techo, más puertas, igualmente grises: los típicos cubículos trasteros de cualquier sótano. Otro pasillo seguía, a derecha e izquierda, a lo largo de la pared en que se encontraba la puerta de entrada y de el partían mas pasillos, como el de enfrente, todos en la misma dirección. He visto decenas sótanos como éste. No tenía ningún interés. Dediqué mi atención a la otra puerta. En el estado alterado en que me encontraba, se me antojó, vaga y confusamente, como un refugio donde ocultarme o, tal vez, una salida por donde escapar. La abrí, hacia mí: un cuartucho de, mas o menos, un metro de lado y quizá uno y medio de fondo; las paredes, algo irregulares, pintadas de blanco, de las que, las dos laterales, se unían formando arco en lugar de techo. En el suelo -dos escalones, de piedra gastada, descendentes, anchos y de poca altura y un espacio de medio escalón, entre el borde del segundo y la pared del fondo- había, a un lado, una fregona con su cubo correspondiente, y al otro, un cepillo de barrer, con un trapo para el polvo colgando del mango, y tres recipientes de plástico, de diferentes tamaños, conteniendo distintos productos de limpieza. Por un momento, me quedé contemplando el lugar con una absoluta indiferencia. Pero, súbitamente, fui preso de una ira demencial; entré, agachado, y, apoyando las manos contra el quicio de la puerta, lancé una patada lateral contra la pared del fondo, que, de pronto, se había convertido en el símbolo de toda mi frustración. La pared cedió. Mas bien, salió disparada hacia la negra oscuridad que se abrió en su lugar. Cayó y se hizo añicos, más abajo; y los cascotes siguieron rodando y saltando, provocando una larga sucesión de ecos lejanos. Salí al rellano, me apropié de las velas, encendí una y me dispuse a adentrarme, a perderme para siempre, en lo que quiera que fuera aquello. José Ramón Ballesteros

 

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