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Cavestany, Enrique

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Neobarroco

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Enrique Cavestany "Enrius"


Madrid 1943
En su trabajo como pintor expone regularmente desde 1966 fecha de su primera exposición en Madrid. Más de treinta exposiciones individuales y colectivas, jalonan una trayectoria ininterrumpida de trabajo profesional.

Últimas exposiciones:
Septiembre 2008. Instalación de una escultura "La bicicleta de Leonardo da Vinci" en la variante de La Albuera a Badajoz (Extremadura).
Julio-Septiembre 2008. Museo de Arte Contemporáneo Municipal de Madrid. Participa como uno de los autores y como comisario de la exposición "La prensa ilustrada en Madrid. 1976-2008"
Enero-febrero 2007. Museo Las Carmelitas. Fundación Antonio Pérez Cuenca: "El mundo perdido de los Oparvorulos. Descubrimientos en la Península de Burelandia".
Buenos Aires 2005, Espacio Giesso,"Dibujos para escuchar" Madrid 2004, Museo de América, "El mundo perdido de los Oparvorulos", Museo Municipal de Arte Contemporáneo, "Madrid marítimo"
2000-2001,Galería Pilar Mulet, "Términos", Fundación COAM "Madrid marítimo". , Innsbruck 1998,"Tempus Fugit", Stadtturmgalerie
Madrid 1997, "Retratos de familia" Galería La Kábala.

En su trabajo como dibujante de prensa ha colaborado desde 1966 en diversas publicaciones: Informaciones, Sábado Gráfico, Gentleman, Revista de Occidente,y TVE. Dibuja en EL PAIS desde 1980.

Otras actividades:
Diseñador industrial (1965-1978), En 1978 abre "La Mandrágora " en Madrid
En 1983 realiza un gran mural en la Plaza de Cascorro,por encargo del Ayuntamiento, en El Rastro de Madrid. En 1971 publica su primer libro "Cangrejo de alta mar" Ed . Istmo
En 2003 publica "Una cueva diluvial en la Cava Baja" Ed. Trama.
En 2004 publica "El mundo perdido de los Oparvorulos" con ocasión de la expo del mismo nombre.
Obra en museos y colecciones : Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid, Museo del dibujo del Castillo de Larrés, en Huesca, Museo de BBAA de Castilla-LaMancha , Colección Banco Hipotecario

LOS RESTOS DEL NAUFRAGIO.
Confiesa Enrique Cavestany una irremediable debilidad por ese territorio residual de los desguaces, chatarreros y restos del naufragio, parajes apocalípticos ante los que nuestro artista siente obsesiva fascinación y que, resulta evidente, han constituido la geografía de inspiración básica de esa deriva actual de ensoñación pictórica que hoy nos presenta.

Con todo, conviene no llevarse a engaño ni deducir, erróneamente tipo alguno de declinación miserabilista en el sentido de esa particular querencia o en el talante de las obras que de ella han derivado. Pues antes bien, el impulso que orienta esa mirada y, aún de manera más excéntrica, la estrategia que determina el salto a la pintura, responden a razones un tanto más enrevesadas.

No en vano Cavestany ha adoptado, a la hora de titular una de las obras de esta muestra y a la par calificar, sin duda con un cierto deje irónico, el conjunto de maquinaciones en las que anda metido y que nos han deparado este ciclo de telas y tablas, un término que, bien mirado, tiene, a mi juicio, bastante miga. Me refiero, por supuesto, a esa denominación, algo aparatosa en apariencia, de "neobarroco" que da nombre a la desgarrada visión de un rincón de desguace, idea que, en lo que evoca desde la resonancia de su referente original, ilumina, con certera luz no pocos rasgos sustanciales de este trabajo.

La enfática teatralidad, el gusto por la ilusión dramática, la equívoca espacialidad expansiva que deja intuir una indeterminada prolongación del ámbito escénico más allá de los límites que recortan el encuadre de la composición, la elegiaca mención a la caducidad y a los despojos que remiten al eco melancólico de una desarbolada plenitud, factores todos que asociamos a la identidad espectacular, icónica y alegórica del barroco reflejan elocuentemente los principales mimbres con los que, en un registro más atemperado y pudoroso, Cavestany ha urdido la trama de su juego.

Pero junto a lo que haya de poso escéptico en esos ecos de discurso moral en torno a la caducidad y el laberinto de las apariencias, hay también como advertíamos, otro quiebro de distinto matiz en el planteamiento del juego pictórico, que sin estar, en buena lógica, enteramente disociado de esa armadura argumental, tampoco tiene respecto a ella una mera subordinación instrumental.

Me refiero claro está, a la ambivalencia manifiesta en la que se complacen buena parte de las telas, en las que el andamiaje constructivo o la efusión del color se retiene en el límite mismo de definición del referente figurativo, desplazando la carga hacia la entraña ensimismada de la expresión.

Y ello dista de resultar anecdótico en el caso de quien, como Cavestany tiene su raíz primera, y una larga dedicación creativa en la esfera del dibujo, pero que, en la ambición de este ciclo, revela ya, con entero énfasis, su pulso de pintor.

Fernando Huici

 

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